Lunas en cuerpo y alma.

Hay encuentros entre cuerpos que se encarnan en el alma,

que te mueven, que te movilizan, que hacen emerger lo que ni sabías que guardabas.

Que te aprisionan como si la vida fuera atemporal y como si en ese encuentro se encontrara en el todo. Pero no, es efímero y el todo es la nada, aunque esa nada te llena de ese todo.

Es la luna la que te habla, la que dirige tu cuerpo, la que expía tus pecados.

Los recuerdos de lo vivido quedan como gotas sólidas de una vivencia efímera y ahí, en eso, opera la magia.

Las ideas se hacen a un lado y los planes se repliegan como fantasías.

El amor, el honor, el deseo y el encuentro se redimensionan hasta ser nada.

Esa nada que te libera del yugo de la pretensión.

Ese encuentro irrepetible que murió en sí mismo y que dio vida al todo,

al todo de vivir siendo sin vivir esperando.

Ese amor robado al entendimiento que nunca se confesará.

Ese secreto escondido en las carnes que se presentará siempre majestuoso en cada uno, pero nunca en conjunto.

Saberse querido, saberse sorbido, saberse expulsado. Por uno y por el otro,

ida y vuelta en viaje cerrado y completo.

Esa entrega que se convertirá en ofrenda a la luna.

Gracias amor, por tanto ni siquiera sabido.

Gracias cuerpo, por esa apertura fácil y sana.

Gracias por ser, por estar, por llamarme y tenerme.

Y gracias del todo, rotundas y sabidas, por dejarme ir. Por saber estar.

Por las miradas francas llenas de secretos robados al tiempo que germinaran en astutas vivencias y así conformaremos un todo,

un todo de nada, que lo encierra todo grande, fuerte y libre.

Que nos hará fuertes, grandes y libres.

El silencio que habló más que todo, más que todos, más que nadie.

El silencio que le habló a la luna.

Cuerpos hundidos en la magia del secreto, fuertes, libres (y silentes).

 

(Feb.21.23)

Search